¡Hola a todos!
Los mercados... ¡Qué palabra tan de moda! Cuando pienso en un mercado me imagino una calle de algún pueblo en el que se instalan tiendas desmontables que dudo que pasen alguna certificación ISO o tenga en cuenta la prevención de riesgos laborales. Sus dueños son personas humildes, como tú, estimado lector, y como yo. Personas que abandonan el refugio de sus camas cuando aún no se han puesto las calles, haga frío o calor, deseando que no llueva para poder montar su negocio y pelear por un jornal que les permita dar de comer a sus hijos. No hay maldad ni deshonestidad alguna en ello. Además, los mercados tienen un encanto especial, con las gitanas gritando a diestro y siniestro "que me los roban de las manos" (los ajos, se sobreentiende), o el mercader que se dedica a instar a sus clientas a comprarle "unos pantalones nuevos para su marido, señora". Sus técnicas de venta quizá no sean muy ortodoxas, a lo mejor los tenderos pueden, incluso, parecer groseros o maleducados para gente que no esté acostumbrada a transitar por estos mundos llenos de humanidad.
Humanidad... esa es la palabra clave. Cuando escuchamos hablar de los mercados en los medios, el significado de la palabra "mercado" cambia de forma drástica. Cuando escucho que "los mercados han castigado a nuestro país", "los mercados no han reaccionado de forma positiva a las reformas impuestas por el gobierno", "recuperar la confianza de los mercados"... de verdad, me recorren escalofríos por todo el cuerpo. ¿Cómo es posible que algo que se dice llamar "mercado" sea el que marque el devenir de los acontecimientos? ¿Quiénes son esos mercados para azotarnos tan vilmente? ¿Nos damos cuenta realmente de lo que están haciendo estos mercados? A mí, cuando pienso en un mercado, me viene a la cabeza el mercado de mi pueblo de toda la vida. Y no me imagino a este mercado decidiendo cómo tiene que funcionar la economía. Veamos: si yo voy al mercado es porque necesito comprar algo o, tal vez, no tenga la más mínima intención de hacerlo pero, ¡vaya! Resulta que me adentro en él y, de repente, veo algo que está muy bien de precio y me gusta. Entonces me decido a comprarlo. Si no veo nada interesante, no compro. Aunque lo más seguro es que, si no tengo necesidad de comprar, ni me acerque al mercado. Es decir, que hago lo que yo quiero, yo decido, y el mercado sigue a lo suyo. Por tanto, ¿qué tipo de mercados son los que aparecen sin cesar en los informativos? Porque, yo no soy ningún experto pero, actúan de forma diferente. Estos mercados se dedican a castigar a los países. Actúan de la siguiente forma: "Este país ha crecido tanto en cuarenta años que su mano de obra se ha encarecido, por lo cual, voy a dejar de invertir y, entonces, los perros falderos del gobierno moverán el culo rápidamente a cambio de unas migajas. Tendrán que hacer reformas que reduzcan o, si puede ser que eliminen, los derechos de los estúpidos plebeyos que creerán que es algo necesario. Y, sólo entonces, a lo mejor vuelvo a invertir en ese país y, la clase baja aún nos aplaudirá por llevarles empleo". ¿Os suena de algo? La humanidad de la que hablo a principio de este párrafo no existe para este tipo de mercados. Sus artes son malévolas. Nosotros somos los que consumimos y les hacemos ganar dinero, es decir, somos el cliente. El cliente siempre tiene la razón. Por tanto el cliente decide dónde invierte y dónde no. Si no me gusta este mercado me voy a otro. Para estos mercados supremos, la cosa es al revés, ellos deciden dónde invertir. Y lo peor es que tú (y yo) seguirás comprándole, porque está todo tan globalizado, que pueden cambiar los nombres, pero los señores que están detrás siempre son los mismos.
Hace unos días tuve la ocasión de compartir mesa con un señor alemán casi octogenario. Fue un alto directivo de una conocida factoría de automóviles. Recordaba el hombre, con una sonrisa en la boca, mientras devoraba una excelente ensalada como primer plato, cómo fue su primera visita a España. Corría el año 1963, España salía de una posguerra, comenzaban a verse ciertos vientos de cambio en un estado que había permanecido aislado del mundo durante más de veinte años. Este señor, viajaba en coche desde Alemania con un compañero que le recomendó llenar el depósito nada más pasar la frontera de Francia. Así lo hizo, en la primera gasolinera que avistó, detuvo su vehículo, bajó y, al observar bien el sitio, se extrañó: "¿dónde están los surtidores de gasolina?" De repente, apareció el chico de la gasolinera, con un bidón con ruedas y una bomba. Eso era el surtidor. La gasolina, evidentemente, estaba a un precio irrisorio. A la hora de comer aparcaron en un parador y comieron, según sus palabras, "de puta madre" (curiosa expresión cuando se escucha con acento alemán). Al terminar el segundo plato, pidieron café y una copa de coñac. Cuando el camarero se plantó delante de la mesa lo hizo con dos copas enormes y se dispuso a llenarlas. Los alemanes se quedaron boquiabiertos cuando vieron que casi se las llenó hasta arriba. Para más inri, el camarero dejó la botella encima de la mesa. Todo esto les resultaba cuanto menos extraño, a sendos bávaros, que no sabían si les estaban tomando el pelo o es que "Spain is different" (la verdad es que ambas cosas podían ser ciertas). Pero la mayor sorpresa fue cuando pidieron la cuenta. Les resultó tan barato que creyeron que en España sacaban una cuenta por cada comensal, pero no, la cuenta era la de los dos, "una ganga" según él. Y, desde entonces, le gustó tanto el país, que cincuenta años después continúa aquí.
Bien, ¿y a qué viene esta historia? Pues muy sencillo, en aquella época, aquí era todo tan barato, incluso la mano de obra, que merecía la pena instalar fábricas de multinacionales extranjeras, y exportar sus productos por el mundo. Hoy, nuestro pequeño país, ha mejorado muchísimo respecto a aquellos años (pese a estar inmersos en tal debacle económica y política), y ya no resulta una ganga fabricar a lo largo y ancho de la piel de toro. Por eso pienso que este montaje de la crisis está hecho, nada más y nada menos, para que los trabajadores nos bajemos los pantalones, aceptemos las reformas (entre las cuales tenemos la laboral que hoy entra en vigor), y nos apretemos el cinturón. De ese modo es posible que las grandes multinacionales sigan produciendo aquí. Es decir, que esos mercados (formados por bancos, agencias de calificación, bolsas, empresas monstruosas y personas sin escrúpulos varias), tenían todo planeado, para que se esfumen de un plumazo nuestros derechos, estemos más sometidos a su control, sigamos comprando sus productos y continúen llenándose sus bolsillos a costa nuestra y, lo peor, que encima, les estemos agradecidos. Como veréis, estos mercados hacen que la palabra "mercado" sea desvirtuada. En mi opinión, deberían cambiarle el nombre por, no sé, se me ocurren unas cuantas (diablos, malignos, Jinetes del Apocalipsis, destrozavidas, rompealmas, hijos de... el mal). Podríamos hacer una encuesta y seguro que saldría ganador un nombre similar pero, entonces, mencionarlos en los informativos y periódicos, haría que se creara una imagen muy negativa de lo que son los mercados en el cerebro de la mayoría, y esto no les interesa. El hecho de darles un nombre tan cercano y tan humano como "mercado", les permite hacer y deshacer según convenga a sus propios intereses, pasando desapercibidos para gran parte de la multitud, que sigue enzarzada en una lucha verbal en casi todos los corrillos, defendiendo a un partido o a otro, culpando al contrario, aumentando el riesgo de accidente cardiovascular tras acaloradas disputas que no llevan a nada. Y mientras tanto, los mercados del mal, campando a sus anchas encantados de la vida. A veces pienso que merecemos lo que tenemos, por no ver más allá de nuestras narices.
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