sábado, 25 de febrero de 2012

Pasión turca

¡Hola amigos!

Hace unos días hice un viaje muy especial. Fue un viaje por trabajo y, aunque no pude ver prácticamente ningún monumento ni lugar importante por falta de tiempo, fue una experiencia enriquecedora. Estuve en Turquía durante unos escasos tres días, a caballo entre Estambul (parte europea) y Bursa (ya en Asia). Me hospedé en un pequeño hotel de la zona europea, justo delante de la Mezquita Azul. En Bursa estuve dos días y una noche. Esta ciudad está al sur de Estambul, al otro lado del Mármara. Para ir hasta allí tienes dos opciones, "chuparte" más de 200 km. en coche o autobús, o cruzar el mar del Mármara a lomos de un ferry (hora y media más o menos). Me decanté por la segunda opción.

¿Y qué decir de este país? Pues lo mismo que dicen la mayoría de los que han tenido el privilegio de visitarlo. Que Turquía no es un país que dé miedo o sea inseguro. Es más, me atrevería a decir que me sentí muy cómodo en todo momento. Su gente es encantadora y su trato exquisito. Eso sí, tienen un carácter muy comercial, a veces son hasta un poco pesados (en el buen sentido, no se me vaya a enfadar algún turco o turca). En varias ocasiones, me detuve a leer el menú de los restaurantes (en turco y en inglés, como debe de ser), y aún no había leído el primer plato y ya tenía a un empleado del restaurante preguntándome qué me gustaba más y ofreciéndome asiento (de forma muy amable, por supuesto). Estos empleados estaban a la puerta de la mayoría de restaurantes de la zona, y eran su gancho. Todos ellos hablaban inglés (al menos conocían las frases necesarias para atraerte a su local y mostrarte su menú), algo que se agradece, porque si no llega a ser así, no quiero ni pensarlo.

El turco es un idioma complicado. Las personas con las que tuve el placer de compartir mesa o café, me comentaban que el turco es un idioma cuya pronunciación coincide con la escritura. ¡Anda, como el español! Pero, claro, obviaron decir que la fonética no es la misma, lo que me trajo más de un problema a la hora de llamar a las personas por su nombre, porque no era capaz de pronunciarlo correctamente. Quería al menos memorizar la palabra "Gracias" en turco, pero cuando les pregunté cómo se pronunciaba, me quedé desolado. Imposible para mí. Tras varios intentos frustrados y risotadas varias por parte de aquellos entrañables personajes, preferí anotarlo en mi lista de cosas para hacer antes de morir: "aprender la palabra gracias en turco". Mención aparte el teclado de los ordenadores, muy similar al nuestro, pero con algunos pequeños retoques que colmaron mi paciencia. Afortunadamente, mi portátil estaba allí para ayudarme a salir del paso.

Otro aspecto que me llamó la atención fue el comedor de la empresa que visité. Llegué, cartera en mano, repasando la cantidad de liras turcas que habitaban en ella, haciendo el sencillo cálculo de "2 liras turcas = 1€" (en realidad unas 2,30 liras turcas equivalen a 1€ pero no iba a ponerme tiquismiquis con los céntimos), y... ¡sorpresa! Comida gratis (dos platos, postre y bebida). Resulta que en la industria turca, la empresa se hace cargo de la dieta de sus empleados y, en el mismo comedor, podías encontrarte al novato que acababa de empezar y al jefe de planta. De inmediato me vinieron a la memoria los casi nueve años en los que asisto a diario a la oficina con el bocata o la fiambrera, como si fueran una extensión de mi brazo. Vaya, vaya... A ver si Turquía no va a ser como me la estaban pintando los que, por otra parte, nunca han estado allí...

Respecto a la cocina, otra sorpresa. Todo el mundo me preguntó al volver: "¿has comido kebab?" Como si en Turquía sólo se alimentaran de ello. Por supuesto que había kebab pero, tras estudiar los menús de los restaurantes, preferí degustar otros manjares. Aunque, os agradecería que no me preguntéis el nombre, porque lo mío con el idioma turco no ha sido, precisamente, una cuestión de amor a primera vista. En principio, la comida turca, no difiere tanto de nuestra dieta mediterránea, básicamente porque Turquía también está bañada por el Mediterráneo en su parte occidental. En el primer restaurante en el que desembarqué, probé una especie de paté para untar que sabía a pescado, estaba muy rico. Tenía varios tipos de pan para elegir en la misma cesta, entre ellos, el que se usa para el kebab. La cosa prometía y no me defraudó. Como primer plato, una ensalada (mega-ensalada), con los siguientes ingredientes: endivia, tomate, lechuga, gajos de naranja, trozos de una fruta muy dulce similar al higo, pero más consistente (no sé exactamente de qué fruta se trataba) y trozos de filete de ternera. Estaba excelente, pero no me la terminé, quería dejar algo de espacio en mi estómago para el segundo plato. Tampoco recuerdo su denominación pero me lo presentaron de forma espectacular, en un caldero en llamas, como el que se utiliza aquí para la paella, con pimiento verde y rojo, cebolletas, ajo, pollo, tomate y arroz. Era un plato exquisito y, además, algo picante, tal y como me gusta. Quizá un poco pesado para la cena pero la ocasión lo merecía. También la cerveza me gustó, creo recordar que era marca "Efes". De las comidas en la factoría, decir que pocas novedades respecto a las que te puedes encontrar en España, cocinadas, eso sí, de forma algo distinta: arroz, lentejas, verduras... Nada del otro mundo en sabor pero, ¿qué se le puede pedir al comedor de una fábrica, y más siendo gratis? Nada que objetar. Sólo comentar que, en mi segundo día allí, comí con un ingeniero cuya esposa hablaba español y había visitado nuestro país en numerosas ocasiones. El hombre tomó del buffet libre un bote de una bebida blanca y me dijo: "Pruébalo, esto es nuestra horchata, a lo mejor te sabe raro al principio, pero luego no dejarás de beberlo". Cuando cogí el bote, pensé: "bah, esto es yogur líquido, ¿qué cree este tío, que en España no tenemos?" Típica frase de chulería española. Cuando di el primer sorbo se me vino a la cabeza lo siguiente: "o esto está caducado o aquí la peña se está quedando conmigo y hay que añadirle azúcar". Pero entonces, observé cómo en la mesa de al lado, nadie ponía nada en el extraño brebaje, se lo metían entre pecho y espalda así, a pelo. Este señor, de repente, me suelta: "Sí, es una especie de yogur con sal". ¿No me digas? (Pensé yo con sarcasmo). Por supuesto no me lo terminé, y aún estoy esperando el momento de no poder dejar de beberlo, tal y como me había advertido el bueno del ingeniero, pero tampoco hice ninguna mueca ni aspaviento y, con suma tranquilidad, le espeté: "No está mal". Ayran se llamaba el producto, y por lo visto es una bebida muy consumida por aquellos lares.
Primer plato.

Segundo plato.

En cuanto a los hoteles, el de Estambul era muy encantador. Era un hotel humilde, no nos vamos a engañar, pero estaba sito muy cerca de la Mezquita Azul (espectacular la vista desde el Mármara a través del cristal del barco). Decorado muy "turco", la verdad, adjunto una instantánea para que lo podáis ver. Respecto al de Bursa, todo lo contrario: lujoso y occidentalizado, nada hacía pensar que te encontrabas en Turquía (salvo la tele), no hubo manera de encontrar un dichoso canal en castellano. Albergué la esperanza de encontrar el Canal 24 de TVE durante un esperanzador zapping, como cuando viajé a Polonia, pero esta vez la Diosa Fortuna me dio la espalda.
Hotel en Estambul

¿Y el clima? Frío y nieve. En principio pensé que sería más similar al clima que tenemos aquí pero bueno, tampoco es que fuera extremo. 5 ó 6 grados menos que en Valencia. Incluso me gustó, la nieve le daba un aire muy bonito a la parte vieja de Estambul, en donde, además, conocí a un señor chileno (qué grandeza la del vínculo que crea entre dos personas hablar el mismo idioma cuando están rodeadas de gente que habla otro totalmente diferente). Fue la última noche, en un bar. Andaba yo con precaución por las calles nevadas, me apetecía una pizza, sin más, así que no me enzarcé en una búsqueda exhaustiva de comidas turcas y, donde leí "Pizza", aposenté mi trasero. Me pedí una de carne y poco que resaltar, prefiero las de aquí. Tampoco estaba en Italia, así que no voy a reprochar nada en este sentido. Este señor (el chileno) había viajado solo, a la aventura. Decía que llevaba años viajando así. Hablaba inglés, pero no turco, y estuvo diez horas viajando desde no sé qué ciudad de Turquía hasta Estambul, entre autobuses y taxis. Coincidimos en el buen feeling que transmitía el ciudadano turco, siempre dispuesto a echar un cable y ofrecerte sus servicios. Tuvimos una breve charla acerca de los viajes y demás, (sentí sonrojo al ver todo lo que sabía aquel hombre, pero bueno, también tendría 40 años más que yo). Contaba que, cuando terminó la universidad, se vino a Europa sin hablar más idioma que el español, y que estuvo viviendo por el centro de Europa durante un año, apañándose como podía. Interesante, y digno de elogio, su plan para el día siguiente, tras diez días por Turquía: visitar los lugares de Estambul que relata el nobel de literatura Orhan Pamuk en su libro "Estambul. Ciudad y recuerdos". Me resultó tan extraordinaria su intención que, aparte de sentirme un perfecto inculto a su lado, no me quedó otra que rendirme a la evidencia y admirarle. Antes de marcharse, un apretón de manos y un breve pero sincero "encantado y suerte".

Como curiosidad, al volver de Turquía emitieron la película "La pasión turca", de Vicente Aranda, con Ana Belén como protagonista. Este film está basado en una novela de Antonio Gala (que no he leído aún), aunque hay que decir que el escritor estuvo bastante en desacuerdo con la adaptación para la gran pantalla (más motivo para leer el libro). Sólo hago mención a la peli y la novela por el mero hecho de que el título me viene como anillo al dedo para esta entrada de blog. Gracias, señor Gala.

Creo que me he extendido demasiado en esta narración y entenderé que no lleguéis hasta el final. Vosotros, estimados lectores, sois soberanos de leer, igual que yo de escribir pero, si habéis llegado hasta aquí, os lo agradezco y, además, os invito a que, si tenéis la oportunidad, aprovechéis para viajar a Turquía. Quitaros los prejuicios que la sociedad occidental ha esparcido por el aire, abrid vuestras mentes y disfrutad. Lo recomiendo sin duda.
Mezquita Azul.
Hasta la próxima entrada.

domingo, 12 de febrero de 2012

Mercados...

¡Hola a todos!

Los mercados... ¡Qué palabra tan de moda! Cuando pienso en un mercado me imagino una calle de algún pueblo en el que se instalan tiendas desmontables que dudo que pasen alguna certificación ISO o tenga en cuenta la prevención de riesgos laborales. Sus dueños son personas humildes, como tú, estimado lector, y como yo. Personas que abandonan el refugio de sus camas cuando aún no se han puesto las calles, haga frío o calor, deseando que no llueva para poder montar su negocio y pelear por un jornal que les permita dar de comer a sus hijos. No hay maldad ni deshonestidad alguna en ello. Además, los mercados tienen un encanto especial, con las gitanas gritando a diestro y siniestro "que me los roban de las manos" (los ajos, se sobreentiende), o el mercader que se dedica a instar a sus clientas a comprarle "unos pantalones nuevos para su marido, señora". Sus técnicas de venta quizá no sean muy ortodoxas, a lo mejor los tenderos pueden, incluso, parecer groseros o maleducados para gente que no esté acostumbrada a transitar por estos mundos llenos de humanidad.

Humanidad... esa es la palabra clave. Cuando escuchamos hablar de los mercados en los medios, el significado de la palabra "mercado" cambia de forma drástica. Cuando escucho que "los mercados han castigado a nuestro país", "los mercados no han reaccionado de forma positiva a las reformas impuestas por el gobierno", "recuperar la confianza de los mercados"... de verdad, me recorren escalofríos por todo el cuerpo. ¿Cómo es posible que algo que se dice llamar "mercado" sea el que marque el devenir de los acontecimientos? ¿Quiénes son esos mercados para azotarnos tan vilmente? ¿Nos damos cuenta realmente de lo que están haciendo estos mercados? A mí, cuando pienso en un mercado, me viene a la cabeza el mercado de mi pueblo de toda la vida. Y no me imagino a este mercado decidiendo cómo tiene que funcionar la economía. Veamos: si yo voy al mercado es porque necesito comprar algo o, tal vez, no tenga la más mínima intención de hacerlo pero, ¡vaya! Resulta que me adentro en él y, de repente, veo algo que está muy bien de precio y me gusta. Entonces me decido a comprarlo. Si no veo nada interesante, no compro. Aunque lo más seguro es que, si no tengo necesidad de comprar, ni me acerque al mercado. Es decir, que hago lo que yo quiero, yo decido, y el mercado sigue a lo suyo. Por tanto, ¿qué tipo de mercados son los que aparecen sin cesar en los informativos? Porque, yo no soy ningún experto pero, actúan de forma diferente. Estos mercados se dedican a castigar a los países. Actúan de la siguiente forma: "Este país ha crecido tanto en cuarenta años que su mano de obra se ha encarecido, por lo cual, voy a dejar de invertir y, entonces, los perros falderos del gobierno moverán el culo rápidamente a cambio de unas migajas. Tendrán que hacer reformas que reduzcan o, si puede ser que eliminen, los derechos de los estúpidos plebeyos que creerán que es algo necesario. Y, sólo entonces, a lo mejor vuelvo a invertir en ese país y, la clase baja aún nos aplaudirá por llevarles empleo". ¿Os suena de algo? La humanidad de la que hablo a principio de este párrafo no existe para este tipo de mercados. Sus artes son malévolas. Nosotros somos los que consumimos y les hacemos ganar dinero, es decir, somos el cliente. El cliente siempre tiene la razón. Por tanto el cliente decide dónde invierte y dónde no. Si no me gusta este mercado me voy a otro. Para estos mercados supremos, la cosa es al revés, ellos deciden dónde invertir. Y lo peor es que tú (y yo) seguirás comprándole, porque está todo tan globalizado, que pueden cambiar los nombres, pero los señores que están detrás siempre son los mismos.

Hace unos días tuve la ocasión de compartir mesa con un señor alemán casi octogenario. Fue un alto directivo de una conocida factoría de automóviles. Recordaba el hombre, con una sonrisa en la boca, mientras devoraba una excelente ensalada como primer plato, cómo fue su primera visita a España. Corría el año 1963, España salía de una posguerra, comenzaban a verse ciertos vientos de cambio en un estado que había permanecido aislado del mundo durante más de veinte años. Este señor, viajaba en coche desde Alemania con un compañero que le recomendó llenar el depósito nada más pasar la frontera de Francia. Así lo hizo, en la primera gasolinera que avistó, detuvo su vehículo, bajó y, al observar bien el sitio, se extrañó: "¿dónde están los surtidores de gasolina?" De repente, apareció el chico de la gasolinera, con un bidón con ruedas y una bomba. Eso era el surtidor. La gasolina, evidentemente, estaba a un precio irrisorio. A la hora de comer aparcaron en un parador y comieron, según sus palabras, "de puta madre" (curiosa expresión cuando se escucha con acento alemán). Al terminar el segundo plato, pidieron café y una copa de coñac. Cuando el camarero se plantó delante de la mesa lo hizo con dos copas enormes y se dispuso a llenarlas. Los alemanes se quedaron boquiabiertos cuando vieron que casi se las llenó hasta arriba. Para más inri, el camarero dejó la botella encima de la mesa. Todo esto les resultaba cuanto menos extraño, a sendos bávaros, que no sabían si les estaban tomando el pelo o es que "Spain is different" (la verdad es que ambas cosas podían ser ciertas). Pero la mayor sorpresa fue cuando pidieron la cuenta. Les resultó tan barato que creyeron que en España sacaban una cuenta por cada comensal, pero no, la cuenta era la de los dos, "una ganga" según él. Y, desde entonces, le gustó tanto el país, que cincuenta años después continúa aquí.

Bien, ¿y a qué viene esta historia? Pues muy sencillo, en aquella época, aquí era todo tan barato, incluso la mano de obra, que merecía la pena instalar fábricas de multinacionales extranjeras, y exportar sus productos por el mundo. Hoy, nuestro pequeño país, ha mejorado muchísimo respecto a aquellos años (pese a estar inmersos en tal debacle económica y política), y ya no resulta una ganga fabricar a lo largo y ancho de la piel de toro. Por eso pienso que este montaje de la crisis está hecho, nada más y nada menos, para que los trabajadores nos bajemos los pantalones, aceptemos las reformas (entre las cuales tenemos la laboral que hoy entra en vigor), y nos apretemos el cinturón. De ese modo es posible que las grandes multinacionales sigan produciendo aquí. Es decir, que esos mercados (formados por bancos, agencias de calificación, bolsas, empresas monstruosas y personas sin escrúpulos varias), tenían todo planeado, para que se esfumen de un plumazo nuestros derechos, estemos más sometidos a su control, sigamos comprando sus productos y continúen llenándose sus bolsillos a costa nuestra y, lo peor, que encima, les estemos agradecidos. Como veréis, estos mercados hacen que la palabra "mercado" sea desvirtuada. En mi opinión, deberían cambiarle el nombre por, no sé, se me ocurren unas cuantas (diablos, malignos, Jinetes del Apocalipsis, destrozavidas, rompealmas, hijos de... el mal). Podríamos hacer una encuesta y seguro que saldría ganador un nombre similar pero, entonces, mencionarlos en los informativos y periódicos, haría que se creara una imagen muy negativa de lo que son los mercados en el cerebro de la mayoría, y esto no les interesa. El hecho de darles un nombre tan cercano y tan humano como "mercado", les permite hacer y deshacer según convenga a sus propios intereses, pasando desapercibidos para gran parte de la multitud, que sigue enzarzada en una lucha verbal en casi todos los corrillos, defendiendo a un partido o a otro, culpando al contrario, aumentando el riesgo de accidente cardiovascular tras acaloradas disputas que no llevan a nada. Y mientras tanto, los mercados del mal, campando a sus anchas encantados de la vida. A veces pienso que merecemos lo que tenemos, por no ver más allá de nuestras narices.